Cerró la puerta con fuerza pero con miedo, ¿y si estaba exagerando la situación?
Él creía que no, que era lo que debía hacer, era el momento de respirar de nuevo, solo, de abandonar el aliento que Ella le proporcionaba cada noche. Sabía que si se equivocaba no habría vuelta atrás, Ella era fuerte y –después de tantas discusiones, peleas y enfados sin resolver- no seria complicado respirar hondo y aceptar que se había acabado. Si se equivocaba se volvería a equivocar intentándolo de nuevo. Tenía tanto miedo a eso que le había costado tomar la decisión.
Y ahora que creía haberse enfrentado a ello comenzaba a invadirle la sensación de temeridad en lugar de la de valentía.
¿Y si se había afanado a que tenía que ser capaz de hacerlo, que tenía que ser valiente; cuando solo era una excusa porque de lo que realmente no era capaz era de enfrentarse a la situación?
Son muchas las veces que uno se convence de que ese camino, o esa decisión, es el complicado, y que uno debe ser valiente aunque cueste; lamentablemente la realidad es el engaño cognitivo para evitar el camino pedregoso.
Sacó su llave, abrió la puerta y volvió a entrar. Se sirvió una copa de vino y se sentó en el sofá a pensar en esto.
Cuando llegó a la conclusión anterior, la puerta de la casa se abrió y entró Ella. Le miró, estaba embutido en un largo abrigo de invierno y tenía la maleta a su lado.
- Ella le espetó: ¿vas a algún sitio?
- Sí. Nos vamos de viaje, habría hecho tu maleta pero nunca hubiera acertado lo que te gustaría llevar, mintió.
- Y… ¿A dónde nos vamos?
- A buscar el amor, sentenció Él.
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