En la mesa del salón no quedaba más que aquella copa de vino rota, la silla desplazada recordaba su ausencia, recordaba que estuvo allí y que se fue.
La silla parecía chillar, era un chillido desolador de lo mudo que era, como si estuviera aún esperando, como si solo por estar así colocada Ella fuera a volver; como si Ella se fuera a enterar alguna vez que la silla no estaba colocada como debería. La silla seguiría mal colocada.
El vino goteaba en el suelo, y a cada gota yo creía que acabaría inundado, inundado por ese vino que hoy creía sangre, sangre que se derramaba lenta pero incansable de la herida que nos habíamos hecho en ese salón. Herida que solo pararía de sangrar si la silla estuviera bien colocada, herida que seguiría sangrando hasta su muerte.
La luz estaba encendida, blanca, no tenue, haciendo honor y gala a la escena, porque no era una escena de terror, sino de drama, pero no era oscuro si no limpio.
Esta era la panorámica que tu salón –divirtiéndose- me ofrecía, y que yo cínica o paradójicamente, poco después, disfrutaría recordando.
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