Tras 27 relojes rotos sin que se detuviera el tiempo, estimó oportuno cesar en su practica. Salió de casa lloviendo a 3 grados con su paraguas pero en manga corta, alegando que todo no se podía hacer bien; ya lo calentarían los bares: el tabaco, el alcohol, las mujeres. Su vicio era hasta sano, hacer lo que quería; su defecto enorme, no parar de hacerlo.
Después de haber andado 1076 pasos -538 izquierdos, 537 derechos y un salto, un mínimo de ventaja a la izquierda, por favor- llegó a su bar favorito (lo que no dejaba de ser un apelativo exageradamente cariñoso, era el bar más cercano a su casa). Allí, los de siempre, vivos.
Entonces se fuma 18 cigarros y se bebe 6 cervezas – ¿obvio no? 18/6=3, 3 cigarros se fumaba por cada cerveza que se bebía-, mientras no habla de nada pero lo comenta casi todo.
Se levanta de la mesa, tiene que ir al baño a deshacerse de las cervezas, cuando se da cuenta de que el tiempo no solo se mide con relojes, y que por eso no consigue pararlo, y que pasar frío de camino al bar no es su único fallo, y que su vicio no es sano, ni su defecto tan importante, y que por dar más pasos con el pie izquierdo no va a triunfar un nuevo humanismo, y que los vivos deben mostrarse muy vivos, y que... es feliz haciendo así las cosas.
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3 comentarios:
a veces todos queremos tirar nuestros relojes al suelo, pero las agujas no parecen pararse con la indignación.
buscar una vida, es eso consiste la vida
*me ha encantado el texto
Lucia
muy interesante.
A ver si me pongo las pilas y los hago más breves
Me encanta, me queda poco que decir que no te haya dicho ya. Me queda mucho que pensar, muchos deberes que hacer para poder transmitirlos en un próximo comentario. Seguiré reflexionando y al oido te diré lo que siento.
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