Asalto en Main Street

Era un día normal en Main Street. Las campanas de la iglesia repicaban exigiendo la asistencia a misa. En el reloj del Ayuntamiento, las agujas señalaban decepcionadas al suelo, las seis en punto.
Tres hombres se acercaron a Gonzalo Carreal, y obviando las normas del Oeste, sin contar pasos, ni mediando pacto de caballeros, le asaltaron.
Esquivó y se defendió lo posible, pero al final, inevitable, 3 balas llegaron a su cuerpo y un puñal a su pecho. Dos balas impactaron en su cabeza: una en la razón, una en la conciencia. Y la tercera, por la espalda, decidió alojarse entre la décima y la undécima dorsal, sentándolo en la calle.
Uno de los hombres, que quedó paralizado cuando empezó la matanza, corrió el primero; otro, cuando clavó el puñal; y el último no paró hasta que Gonzalo cayó.

Al término de la misa, los feligreses salieron y le encontraron; viendo cómo que muere el diablo, pasaron rápido de largo, santiguándose el que menos, rezando por su alma ninguno.
Poco después acabó el pleno, y aunque Gonzalo Carreal gastó vida incomodado al Ayuntamiento, esa no era una buena imagen para el pueblo, la calle no merecía eso.

Cuando recogían el desastre, uno de los tres bandidos rondaba de nuevo Main Street, el ladrón siempre regresa a la escena del crimen.
Entonces surgió el dilema:
dejarlo, e intentar sobrevivir,
derrochar la escasa energía que le quedaba en apretar por última vez el gatillo de su revólver.

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