rojo sobre gris

Se levantó enfadado, el cielo no podía estar más gris, y llovía.
Como todo andaluz que precie su tierra, y su sol, no soportaba los días así.

Estaba nervioso y triste, esperando a que llegaras mientras me tomaba un café con leche. Nunca tomo café con leche, pero cuando el tiempo se levanta caprichoso me dan ganas de meterme en la película del chico que agarra la taza entre sus manos, y esto no se puede hacer con un café solo con hielo, eso lo sabemos todos.

Cuando llegaste lo supe: se había acabado.
Nunca te hubieras puesto esa gabardina roja para buscar una solución, querías que sacara su rabia... pero no lo hice. Dejé la taza en la mesa -esa ya no era mi película-, trate entre nervios de encenderme un cigarro, y esperé, tranquilo, a que lo dijeras.

- Yo... nosotros...
- Lo sé, no quiero ponértelo difícil.
- Gracias.
- Te queda bien esa gabardina.
- Es nueva.
- Eso también lo sé.
- [...] Te miraste, miraste que era roja, no ignorabas porque te la habías puesto, me miraste, ¿lo sabrá?-Pensaste. Ahora te sentías ridícula por haber intentado provocar una pelea injusta.
- No hace falta que sigas aquí, te puedes ir. Dije mintiendo, como siempre.
- Hasta la próxima.
- Tú no tienes por qué mentir.

"No me vengas con esas ahora", pensaste, pero no valía la pena discutir después de lo bien que lo estábamos haciendo. Así que te levantaste y te fuiste, haciendo al compás esa mueca tan tuya que parece dudar entre un "aún así te quiero" y un "siento que esto tenga que pasar tanto como tú".

Cuando saliste yo hice lo mismo, estaba triste, pero sonreía. Irónico o paradójico, agradecía la lluvia, que se confundía con mis lágrimas, permitiéndome seguir mintiendo: "Yo nunca lloro".

1 comentario:

Beli dijo...

Las cosas en un día gris se hacen fatal o increiblemente bien...
Jodidos extremos...