Había dos hombres.
Uno era un hombre alegre, exagerado hasta lo superlativo, era un hombre que hacia lo que quería, era un hombre de placer. Era esa clase de hombre que parece que nada le preocupa, que vive el presente hasta el límite con el mañana. Este hombre anda por la calle esperando la sorpresa, da igual buena o mala, es un animal que ansía lo nuevo. A este hombre no le importan nada, nada que le rodee si no le afecta directamente a él -a su salud, sus posesiones o su inteligencia-. Este hombre dice saber lo que quiere, y luchará por ello hasta que deje de quererlo; porque este hombre es ambicioso, caprichoso, orgulloso, interesado, capaz, poderoso e incluso destructivo, autodestructivo.
Luego está el otro hombre, que es feliz.
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