Veneno

Nunca me había ahogado en un vaso de agua, hasta ahora; claro que hasta ahora nunca le habían echado veneno al agua.
Su optimismo se acababa, y esto ponía fin a su alegría, lo único que le daba la felicidad, la cual, obviamente, quedaría destruida.
Me habían envenenado, me habían envenenado mucho, pero envenenado de verdad, mucho veneno, más, más de lo que uno creería que puede estar envenenado.
Nada de eso importaba, había ido propagando siempre por ahí, pero todos sabemos que había sobrevalorado todas sus actuaciones, y hoy sobrevaloraba su muerte. Aunque esta vez, siempre es esta vez, era diferente.
Jugaba en el límite de la vida, diciéndome esto de una manera incansable me convencía de que mis teorías eran reales, solo que ahora que era humano no era capaz de encontrarles sentido.
Cuando dice “ahora que era humano” es porque el veneno lo había vuelto mortal, no es que fuera a morir mañana, es tan solo que podía morir mañana.
Yo siempre me había entendido como dios, por encima de los hombres. El veneno me demostraba que no era así, que nunca había sido así. Cómo me había envenenado era una incógnita no sabía ni quien, ni como, ni cuando, ni nada; por lo que quizá todo fuera mentira, quizá no estaba envenenado…
Si lograra desintoxicarse, entonces volvería a ser dios, volvería su optimismo, renacería su alegría y, obviamente, brillaría de nuevo la felicidad.
Aún –si es que me permito el engaño- no sabía como conseguiría aquello, pero sabía que tu boca debía ser mía.

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