No era una muerte cualquiera

La matasteis lentamente, a cada segundo importó menos el modo, una puñalada por la espalda, una mentira, un “no me apetece”, una acción despistada y dolorosa, otra malintencionada y aún mas dolorosa, o una conversación interesante que tornó en inexistente por falta de comunicación.
Lo hacíais sin daros cuenta, pero lo hacíais con saña; habíais hecho que estar juntos fuera poco más que mirar como pasan los segundos en un reloj.
Ya no quedaba nada, ni una sonrisa cómplice, ni un beso robado, ni un abrazo en un momento en el que no tenía cabida víctima de un arrebato de pasión, ni una carta, un fax, un mensaje, o un mísero e-mail de amor. Ni un viaje, ni un paseo, ni un restaurante, ni una merecida cena en casa, ni un regalo, ni un detalle, ni comentar una película o reíros de alguna situación… ¡ni… ni… ni…! ¡Ya no había anécdotas, ya no había historia, ya no había deseos, ya no había vida! […] Por no haber, no había ni llanto.

Así matasteis toda la posible magia que un día pudo haber, así –lentamente- matasteis vuestro amor.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Qué fuerza divina es la que hace que el amor muera así? ¿la que lo creó en su comienzo? pues no es particular el caso que así se sucede, ¿se siente alguien identificado? pues a eso me refiero, ¿por qué sucede así? a veces es mejor explotar a apagarse lentamente, o eso creo yo. A los que la magia ahora os empuja disfrutadlo, y no os diré que os abandonará, pues no tiene porqué ser así. La magia ayuda, pero está en nuestras manos matar o no al amor.

Roma dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Roma dijo...

Esta mierda que has escrito es la culpable de todo. No soporta leerla, ni reflexionarla, ni mucho menos imaginarte escribiéndola. Ten claro que antes de que esto pase te mato a ti. Y ya veré la forma de que el crimen pasional se convierta en una casualidad, una probabilidad o... una muerte cualquiera!