Pensamientos espaeciales

Infinito.
Tiempo.
Espacio.

La velocidad es fruto de ambas. ¿La velocidad?
El tiempo fruto de ambas. El espacio fruto de ambas.
Infinito. ¿Puede ser infinito el fruto de lo no infinito?
El tiempo infinito. El espacio infinito.
¿Es infinito el tiempo? ¿Es infinito el espacio?
Infinito. ¿Puede no ser infinito el fruto de lo infinito?
¿La velocidad es infinita?
La velocidad es.
El espacio es infinito.
El tiempo es mentira.

En mí el tiempo era solo un reloj, la velocidad de las agujas moviéndose, muy rápido o muy lento, daba igual, no cambiaba nada. El espacio lo era todo, la velocidad haciéndome pasear por todo mí, muy rápido o muy lento, importante, cambiaba de vida.
El infinito solo lo entendía precedido del amor. El amor infinito.
El espacio entonces debía ser infinito, los corazones son infinitos, hay un espacio para cada amor. Un espacio exclusivo de esa persona. Esa persona es su dueño para siempre. Puede decorar el espacio, ponerle una vallita y cortar su césped, o unas paredes y colgar unos cuadros, puede ponerle música, hacerlo atractivo. O puede dejarlo como está, abandonarlo y que se marchite y se ponga triste y feo. O puede intentar excavarlo –si es que es excavable- o de rellenarlo con cemento para hacer como que no existe, para intentar que no exista. Esto último es absurdo, porque los recuerdos pueden ser buenos o malos, pero no dejan de existir –y menos aún porque uno quiera-. Mientras exista el recuerdo existe ese espacio y mientras exista ese espacio existe su dueño.
En mí existen todos esos recuerdos y todos esos dueños, y yo –a veces- recorro esos espacios en busca de uno de esos recuerdos, para estar con uno de esos dueños.

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