Era una plaza enorme, amplia, casi infinita. El cielo no era azul si no amarillo. El sol había inundado el suelo de la plaza a la vez que tintaba de su característico color todas las nubes; se confundían así, resultando ser todo plaza. Había vida, mucha vida. Había magia.
Jugaban, se divertían, eran felices. La ilusión brillaba igual que el sol, y hacían que todo fuera transparente. No había engaño, pareciera el paraíso.
Había unas mesas, y unas sillas, donde estábamos sentados, me atrevería a decir su color, pero me equivocaría, porque yo las veía amarillas; amarillas como las plantas y su sombra, como los niños jugando en los columpios, como los animales y sus dueños, como todo; como la cerveza que nos bebíamos mientras todo nos hacía gracia. No era una risa envidiosa ni soberbia, era una sonrisa agradecida, era una sonrisa motivada y obligada por lo que sentíamos.
La luz ese día había producido un interesante efecto en las personas: las había hecho de verdad. Y yo sólo era feliz por eso, feliz porque en esa verdad tú te hallabas a mi lado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
...
No sabía diferenciar lo real de lo ficticio. ¡Lo soñado!
La mujer no sólo es una persona de distinto sexo que el hombre, sino que también tiene su propio sonido, su propia atmósfera espiritual, su propio campo magnético, su propia respiración, su propio olor... Puede dejar todo esto en cada lugar que toca, sobre cada cosa que toca. Aunque ella no esté, ese lugar, esas cosas están impregnadas de su hechizo, y te mantienen estrechamente rodeado. Eso ocurriría más tarde, sólo meses más tarde. Ella había penetrado en mi vida.
Más adelante he hecho muchas veces por acordarme cómo resonó en mi, al oír por vez primera el nombre de esta amiga, incierto aún en su forma, que yo no distinguía bien, y también en su significación, en la posibilidad de que designara a una o a otra persona, teñido, en suma, con un tono de vaguedad y cosa nueva que luego, en el porvenir, me habría de conmover al recordarlo, porque ese nombre, cuyas letras se van grabando segundo a segundo, y cada vez más profundamente, en mí, por obra de la incesante atención, llegará a convertirse en el primer vocablo que encuentre en el momento de despertar o que al recobrarme nombre después de un desmayo, antes aún de la noción de la hora que sea y del lugar en que nos hallemos, antes de la palabra ‘yo’, como si el ser que designa ese nombre fuera más que nosotros mismos y como si después de unos instantes de inconsciencia esa tregua que acaba de expirar significara ante todo unos instantes en que dejamos de pensar el nombre ese.
...
Publicar un comentario